
Aquella mañana luminosa miré por primera vez la sencillez descarnada del
colegio José Hernández.
El patio despoblado rodeado del aulerío chato, y una sensación de viento con
pantalones cortos que lo cruzaba.
No era el colegio Dorrego de la mañana anterior. Alto, verde, con cara de
cemento transgresor y canchero.
Ese sorteo del que volvimos con mamá como de un partido de fútbol que se
perdió.
Callados y ensimismados. Yo en una manzana, Mamá en una revista. No era el
Dorrego. Era muy otra cosa.
Casi con desdén, verifiqué que ese sería el lugar que me recibiría todas las
mañanas durante por lo menos cinco años.
No me entusiasmaba.
Rápidamente comprobé también que no iba a ser más lindo estarse en esa
escuelita que en la modestia rigurosa de mi casa.
Pero de repente, entre el grupete de párvulos pollos y madres gallináceas
reconocí el brillo acuamarino de unos ojos que me eran familiares.
Era la mirada celeste dulce y melancólica de esa gordita deliciosa que ya me
había embobado en la recién despedida primaria.
Todo el paisaje cambió en ese momento. Voluble condición de niño amasando un
romanticismo de plastilina,
el celeste de sus ojos batió en un giro la austeridad sepia de esas paredes.
Y las pecas de esa niña empezaron a flotar como frutos.
De esa manera sencilla y con ese fundamentalismo de la infancia, descubrí
que esa era la mejor de las escuelas posibles.
Pili, (María Pilar Perez Cibes), era esa compañerita que admiré, enamorado
en silencio, en aquellos mis tiempos iniciales del José Hernández.
Buena alumna, inteligente, cálida, dulcemente firme y con una madurez que
nos excedía a todos, se transformó en un referente
de los primeros años.
Después fue apareciendo alguna sombra de dolor compañero, que la limitó.
Pienso hoy a la distancia.
Algún dolor con raíces de ombú, quizá vestido de baja presión, torvo y
esperándola siempre en las sombras.
Por suerte tengo enteras aquellas imágenes de frescura y luz cuando la
pienso.
Y se me ponen por delante sin esforzarme.
Por suerte.
Pablo Crimi, abril de 2011.

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